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Devuélvele al suelo tanto como le has quitado, y la Naturaleza te  recompensará con abundancia. Alan Chadwick

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Bosques primarios, el tiempo detenido Imprimir E-mail
Artículos - General
Escrito por Ignacio Abella   
martes, 18 de noviembre de 2008 16:58

Testigos del paso de los siglos, los árboles milenarios aún pueblan espacios recónditos del planeta. Su belleza y capacidad de adaptación representan la fuerza de la naturaleza.

En los lugares más recónditos del planeta sobreviven bosques y selvas cuyos árboles se derrumban con estrépito de puro viejos cuando llega el momento de volver a la tierra, en los que criaturas que la ciencia no ha catalogado germinan, trepan o se arrastran. Hombres descalzos dejan una levísima huella, integrados en estos mundos primigenios.

En ciertos sitios, aún no se ha clasificado al hombre calzado, el extranjero, a cuyo paso la hierba no vuelve a crecer.

Es difícil imaginar, desde nuestro mundo, que en este planeta coexistan realidades tan arcaicas. Selvas, laurisilvas y maniguas, bosques lluviosos, taigas y manglares ocupan en sus paraísos originales extensiones impresionantes pese a la creciente amenaza que los cerca y engulle. Estos reinos de la biodiversidad se extienden desde Norteamérica a las islas de Oceanía. En Nueva Zelanda, por ejemplo, los diferentes climas y altitudes alimentan bosques tropicales y vegetación de alta montaña. Son característicos los helechos arbóreos y las hayas meridionales (Notophagus fusca y otras), presentes también en los bosques de Suramérica y Australia. En Europa, podemos encontrar bosques primarios en los países nórdicos o en reductos de la península Ibérica, en los que los árboles continúan muriendo en el hogar del bosque y cumpliendo el círculo con el retorno de la madera al humus de donde vino.


Mundos perdidos

Éste es el primer secreto de la diversidad, los distintos estadios de la selva, desde su nacimiento a su muerte, deben estar presentes para encontrar activos todos los oficios del bosque, como ocurre en los tepuis venezolanos, que son mucho más que un fenómeno geológico o un conjunto de ecosistemas. Cuando la nubosidad constante nos permite atisbarlos desde la lejanía, parece que asistiéramos a un mundo perdido e imposible.

Gigantescas torres elevan paredes verticales en medio de la sabana y sus cimas forman extensas planicies de las que ríos se precipitan en cascada al vacío. El Salto Ángel, la cascada más alta del mundo, tiene su origen en una de estas montañas. Son los reinos del bosque lluvioso, baluartes para la biodiversidad que conservan endemismos y rarezas vegetales favorecidas por las diferencias de altitud, temperatura, humedad… La montaña sagrada de los piaroa, un tepui llamado Autana (Kuaymayojo en la lengua indígena), es todo lo que queda del tronco del Wahari-Kuawai, el árbol de la vida que tenía todos los frutos del universo y al que tumbaron el tucán, la ardilla y el pájaro carpintero para obtener sus semillas. Los geólogos consideran estos macizos de cuarcitas y areniscas una de las formaciones más antiguas de la Tierra. Con más de 1.000 millones de años, serían los restos de una inmensa meseta. Tocones testigos de una remota era, vestigios del supercontinente Pangea que han resistido las mareas del tiempo.


La estrategia de tocar el cielo

En su lucha por vencer al tiempo y sobreponerse al resto de los vegetales, los árboles desarrollaron la estrategia del crecimiento en altura. Pero la secuoya logró, además, sobreponerse al resto de los árboles con sus más de cien metros de altura.

Este árbol prodigioso ha conseguido dominar incluso al fuego, con su corteza gruesa e incombustible. Y como formidables pararrayos, las secuoyas atraen la chispa que prenderá el bosque y eliminará cíclicamente a sus competidores, un movimiento que puede ayudarlos a perdurar hasta 2.000 años. Durante el Cretácico (periodo entre hace 66 y 144 millones de años), estos bosques alcanzaron su máxima expansión y ocupaban gran parte del hemisferio boreal. La secuoya de California (Sequoia sempervirens), que ha sobrevivido únicamente en la costa oeste de Estados Unidos, ocupaba 8.000 km2 de tierras vírgenes antes de la llegada del hombre blanco. Los indios utilizaban sólo la madera de los caídos, porque el árbol era un ser venerado. Ahora, de aquel paisaje milenario, queda un 3%. Las sierras, la maquinaria y la dinamita han engullido el resto.

La altura, sin embargo, no es la única estratagema evolutiva. En el continente africano, el valor del baobab (Adansonia sp.) no está en su cubierta, sino en su extraordinaria adaptación a zonas áridas. Auténticos aljibes vegetales, pueden almacenar miles de litros de agua en sus colosales cuerpos de madera esponjosa. A su sombra se cobijan los animales, los elefantes mordisquean cuando tienen sed su carne fofa y los hombres han aprendido a extraer de él agua, alimento y materias primas. Estos usos tribales han permitido preservar baobabs milenarios, que peligran más por la destrucción de los hábitats que por la explotación de sus recursos.

Leyendas africanas cuentan que el primer baobab fue plantado al revés y, por eso, tiene esa característica forma de raíz. Este árbol está en el imaginario popular porque habita el hemisferio sur desde muy antiguo. Hay una especie en el África subsahariana y otra en Australia, mientras que en Madagascar se conocen seis, algo que se explica según la hipótesis de que hace unos cien millones de años, en esta región de Gondwana, el supercontinente austral, existieran las condiciones idóneas para este género. La deriva continental desgajaría esta “tierra de baobab” que es la actual Madagascar. El porte atractivo e inquietante del baobab y su tamaño inspiraron a Antoine de Saint-Exupéry los personajes de El principito.


Selva de laureles

También inspiradora y mágica, la laurisilva de Garajonay, en la isla canaria de La Gomera, es una verdadera selva, si no por el tamaño, sí por la exuberancia de la vegetación. Laurisilva significa “selva de laureles”, en alusión a sus especies arbóreas, que presentan hojas similares a las del laurel. Son perennes y tienen un extremo muy puntiagudo que les sirve para verter el agua gota a gota. El bosque, acantonado en las zonas centrales más altas de la isla, está especializado en recoger e invertir en la tierra, mediante este eficaz sistema foliar, la humedad atmosférica. Las zonas más bajas y áridas, en la costa, se beneficiarán de él. El enorme interés científico de las laurisilvas se debe a que la mayor parte de las especies son endémicas, auténticos fósiles vivientes de los extensos bosques tropicales que poblaron el continente europeo hace más de 20 millones de años. Musgos, líquenes y helechos impregnan el suelo y trepan por los troncos de los árboles; enormes tiles (Ocotea foetens) y viñátigos (Persea indica) sobrepasan los 30 metros de altura, y los brezos (Erica arbórea), fayas (Myrica faya), sanguinos (Rhamnus glandulosa), saúcos (Sambucus pabnensis) y barbusanos (Apollonias barbujana) alcanzan en estas condiciones dimensiones gigantescas.

Todos éstos y algunos más son bosques ancestrales y primigenios. En ellos sorprende las relaciones infinitas entre sus criaturas. En su maravilloso Livro das árvores, la tribu ticuna, que habita las selvas entre Perú y Brasil, explica la cantidad de recursos materiales y dones espirituales que les aporta el buriti (una palmera de la región) y concluyen: “[…]as árvores têm muitos significados para nós. / Fazem parte da nossa vida, da nossa cultura. / As pessoas estranhas, que vêm de fora, nâo entendem esses significados. / Entram na mata e destroem tudo. / As árvores, a floresta, nâo tem sentido para elas. / Tem apenas o sentido do lucro que a madeira pode dar”.

Puede que éste sea el verdadero problema. Para millones de personas la selva es aún casa, templo y sustento, mientras que otras personas sólo la ven como un formidable negocio.

 

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